
Hay días que parece que todo se tuerce. Que las cosas no suceden de la manera que nos gustaría. Que nuestro paisaje se convierte en una selva ignota, misteriosa y peligrosa. Y hay veces, que esos días se convierten en semanas, en meses...
En días así te puede la desidia, te puede la incapacidad y te vence al deseo de querer hacer, te quedas en la apatía. Cuando todo esto sucede, cuando a tu alrededor, cuando dentro de ti, todos son dudas, necesitas como agua de mayo algunas certezas.
Yo afortunadamente las tengo. Y mis certezas tienen nombre y apellidos. Son mis amigos, mis amigas. Un amigo es, en palabras de Vasili Grossman, “aquel que justifica tus debilidades, tus defectos e incluso tus vicios; es aquel que confirma tu equidad, tu talante, tus méritos. Amigo es aquel que, amando, desenmascara tus debilidades, tus defectos, tus vicios.”
Y es en la certeza de la existencia de mis amigos, de mis amigas, donde encuentro la fuerza de seguir, de salir de ese cascaron donde me refugio rehuyendo de una realidad que me supera. Están, lo sé, lo siento y no necesito más. Volviendo a Grossman, “múltiples son las formas de la amistad múltiple es su contenido, pero hay un fundamento sólido en ella: la fe en el carácter inquebrantable del amigo, en su fidelidad.”
Llevo algún tiempo inmerso en lo que es para mi una nueva realidad. Una realidad que, por ahora, me supera. Una situación a la que me tengo que hacer y que me está llevando mucho más tiempo del que me gustaría. Y eso me está condicionando en diferentes ámbitos de mi vida. Este es uno de ellos.
Soy una persona de “pensamiento ambulatorio”, como lo define Guillermo Martínez. Pienso mientras camino o camino mientras pienso, en realidad escribo mientras camino. Pero en estos días, en estas semanas, en estos meses... cuando camino, me descubro recitando como en una letanía, un extraño mantra que mezcla de manera absurda los poemas de Gabriel Celaya y Blas de Otero: “Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, / mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, / fieramente existiendo, ciegamente afirmado, / como un pulso que golpea las tinieblas, / Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré, como un anillo, al agua, / si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra.”
Me siento “como un pulso que golpea las tinieblas” e intentando creer que “me queda la palabra”. Pero no es del todo cierto. Las tinieblas esconden las palabras. Hace tiempo que no las encuentro o que para ser más exacto he perdido la fuerza para intentar encontrarlas. Las busco, ciertamente, pero las puñeteras están bien escondidas.
Tal vez sea cómico, tal vez sea trágico. Lo que resulta innegable es que es paradójico: se supone que escribir es de las cosas que mejor se hacer. Y por favor no se admiten comentarios acerca de que si esto es lo mejor cómo deben ser las otras cosas. En el trabajo tiro del piloto automático y sobrevivo, pero aquí no, aquí no puedo hacerlo. Aquí es verdad. Aquí es de verdad.
Desde el verano llevo prácticamente tirando de “nevera”, pero las provisiones se acaban. He ido espaciando las entradas y racaneando en los comentarios de las páginas amigas, pero nunca en su lectura. Me cuesta saber que decir, porque los comentario también son verdad. Pido disculpas por ello, se lo que representan los comentarios se la ilusión que hacen y lo mucho que aportan (al menos a mi y quiero creer que a todos). Intentaré solucionarlo. Pero tal vez durante algún tiempo tenga que seguir “golpeando las tinieblas”.
Un beso muy grande a mis amigos, a mis amigas. A aquellos que tienen nombre y apellido conocido y también a aquellos que para mi su nombre empieza con www. No me rindo, más pronto que tarde volveré a encontrar las palabras.