lunes 28 de abril de 2008

Extraños frutos

Hay historias que te conmueven, que te producen una terrible sacudida en el alma, un revolcón inesperado y que además te persiguen durante días y días como queriéndose quedar contigo y pasar a formar parte de tus propios sentimientos. Hay historias que además tienen una banda sonora, una canción, que las hace todavía más persistentes y hay, en definitiva, canciones que son en si la propia historia. Strange fruit (Extraños frutos) es una de ellas.

Descubrí la canción y su historia en el maravilloso blog de JMiur, Vagabundia. Desde entonces no he podido olvidarla y a menudo vuelvo solamente por el placer de escuchar de nuevo a Billie Holiday.

No podría añadir nada mejor a tal y como explica JMiur la historia. Tan solo invitaros a descubrirla en sus propias palabras.

Como adelanto el video de Billie Holiday.



Y la traducción de la canción:

Los árboles del sur dan,
sangre en las hojas y sangre en las raíces,
cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña,
extraños frutos colgando de los álamos.

Escena pastoral del gallardo sur,
los ojos salidos y la boca torcida,
aroma a magnólias, dulce y fresco,
el olor repentino de la carne quemada.

Aquí está el fruto para que los cuervos picoteen,
para que la lluvia lave, para que el viento sople,
para que el sol pudra, para que los árboles arrojen,
una extraña y amarga cosecha.

Hoy Barack Obama puede ser el próximo presidente de los Estados Unidos. En el camino que lo conduce a la Casa Blanca lo acompañan los 3446 negros americanos que fueron linchados entre 1882 y 1998. Strangefruit.org es un memorial en línea para perpetuar su recuerdo.

lunes 31 de marzo de 2008

El anciano que miraba la Luna



Hace años, a cambio de algo de dinero y con el compromiso de realizar algún trabajito a bordo, un mercante te aceptaba de pasaje y te podía trasladar a algún puerto que fuera su escala o destino. Durante mucho tiempo, el grupo de amigos del barrio planeamos nuestro viaje a Estambul. Como muchas de las cosas que planeas de jovencito, ese viaje no llegó a realizarse, pero siempre quedó el veneno.

Años después, y de una manera muy diferente, el sueño se hizo realidad. Todavía coleaban los efectos del último golpe de estado y las patrullas militares –apenas unos muchachos traídos de cualquier parte de Anatolia que suspiraban por una foto- formaban parte del paisaje habitual, pero la vida, más allá del estado de excepción y el toque de queda se desarrollaba en su aparente normalidad.

Todas las noches, un anciano bajaba de su casa y situaba su pequeño negocio frente a la terraza del café. Consistía en un viejo telescopio enfocado permanentemente a la Luna. El anciano, a cambio de unas monedas, te permitía echarle una buena ojeada, más o menos larga en función de la demanda existente. El telescopio, a pesar de su antigüedad, estaba excelentemente cuidado y la óptica perfectamente limpia. Cuando no había clientes a la espera, el propio anciano mataba el tiempo contemplado el firmamento. Mientras tanto, a su lado, otro anciano cuidaba de su propio negocio, una bascula de baño dispuesta para que el paseante saciará su curiosidad respecto a su peso.

En esos días eché más de una mirada por ese telescopio y, supongo, empecé a enamorarme de la Luna.

viernes 14 de marzo de 2008

De nuevo en marcha

Cuando empecé con todo esto decidí que había dos temas de los que no quería hablar, pertenecen a una esfera de mi vida que no me apetecía compartir, pero las cosas cambian. Y lo hacen porque uno de ellos tiene mucho que ve con esta prolongada ausencia.

La vida no es fácil, para nadie, y cada uno de nosotros arrostra situaciones con las que hemos de aprender a convivir y que nos acaban definiendo y explicando. Desde hace mucho años (demasiados) padezco una enfermedad que ha acabado modelando mi forma de ser, de pensar, de actuar y de relacionarme con la vida y con el mundo.

Durante muchos años, el dolor ha sido un compañero permanente, el más fiel y también el más indeseable. Un constante recordatorio de mi realidad pero también un acicate, hace mucho, mucho tiempo que decidí que no iba a impedirme desarrollar mi vida con plena normalidad y a esa idea he intentado mantenerme fiel y, en la medida de lo posible creo que lo he conseguido.

Pero una cosa son los propósitos y otra la realidad. Como en una extraña ceremonia, cada tres meses, mi médico me somete al HAQ-DI (Health Assessment Questionnaire Disability Scale) un cuestionario que sirve para valorar de que manera afecta la enfermedad a la vida diaria y ahí, en ese test poco a poco me he ido descubriendo.

El me pregunta si tengo alguna dificultad para cortar la comida con cuchillo y tenedor y yo me doy cuenta que no tengo ninguna sencillamente porque hace mucho tiempo que no como un bistec porque no puedo cortarlo, el me pregunta si tengo alguna dificultad para abrocharme los zapatos y yo me doy cuenta que como efectivamente no puedo, uso mocasines... La realidad de la enfermedad ha ido modificando mi manera de actuar.

Pero también la manera de pensar y de vivir. El hecho de no saber de que manera me iba a encontrar en las próximas horas, días o semanas me ha convertido en una persona que vive en la inmediatez. El hacer planes (a medio o largo plazo) me genera angustia y me he descubierto absolutamente incapaz de poder hacerlos.

Esto era así hasta ahora.

Después de tantos años probando todo tipo de tratamientos, desde las sales de oro, a los antimaláricos, pasando por el Metotrexato o la leflunomida, poco antes del verano, mi médico me comento la posibilidad de iniciar un tratamiento biológico con infliximab, después de realizar las pruebas correspondientes y valorarlo a conciencia lo iniciamos hace seis meses y el cambio ha sido espectacular. Hoy soy otra persona.

He pasado de los más de 60 medicamentos que, en épocas malas, debía consumir a la semana a simplemente ir al hospital cada ocho semanas para que durante unas tres horas me inyecten el preparado y a continuación VIVIR.

Te descubres no teniendo que pedir a nadie que te abra una botella de agua, comiéndote un churrasco, llevando zapatos con cordones, disfrutando de las actividades que como ir en bicicleta, el esquí o la montaña, antes eran un acto de afirmación y voluntad y ahora las gozas de verdad. Te descubres haciendo planes, y disfrutando del hecho de hacerlos. Y el dolor, ese antiguo compañero, pasa a ser un recuerdo.

Pero aunque parezca mentira, un cambio así, tan a mejor y tan radical, no tiene porque ser fácil de gestionar. Y no lo ha sido. He tenido que aprender a vivir de otra manera y en eso estamos. Durante muchos años he intentado prescindir de las señales de mi cuerpo porque lo único que hacían era plasmar la memoria de mi enfermedad a tener que estar pendiente de él para prevenir cualquier complicación derivada del tratamiento. En este tiempo he estado muy pendiente de eso. Y también del temor de que las cosas salieran mal, pero no salen mal.

He necesitado mucho tiempo para mi, y lo he tenido. Pero ahora estoy aquí de nuevo, y con ganas de quedarme mucho tiempo. Gracias por la paciencia y hasta pronto.

PS. Siempre me gustó la belleza, la magia y la poesía que encierran los lugares abandonados, pero no me apetecía que el mío lo fuera. No.

lunes 29 de octubre de 2007

Golpeando las tinieblas


Hay días que parece que todo se tuerce. Que las cosas no suceden de la manera que nos gustaría. Que nuestro paisaje se convierte en una selva ignota, misteriosa y peligrosa. Y hay veces, que esos días se convierten en semanas, en meses...

En días así te puede la desidia, te puede la incapacidad y te vence al deseo de querer hacer, te quedas en la apatía. Cuando todo esto sucede, cuando a tu alrededor, cuando dentro de ti, todos son dudas, necesitas como agua de mayo algunas certezas.

Yo afortunadamente las tengo. Y mis certezas tienen nombre y apellidos. Son mis amigos, mis amigas. Un amigo es, en palabras de Vasili Grossman, “aquel que justifica tus debilidades, tus defectos e incluso tus vicios; es aquel que confirma tu equidad, tu talante, tus méritos. Amigo es aquel que, amando, desenmascara tus debilidades, tus defectos, tus vicios.”

Y es en la certeza de la existencia de mis amigos, de mis amigas, donde encuentro la fuerza de seguir, de salir de ese cascaron donde me refugio rehuyendo de una realidad que me supera. Están, lo sé, lo siento y no necesito más. Volviendo a Grossman, “múltiples son las formas de la amistad múltiple es su contenido, pero hay un fundamento sólido en ella: la fe en el carácter inquebrantable del amigo, en su fidelidad.”

Llevo algún tiempo inmerso en lo que es para mi una nueva realidad. Una realidad que, por ahora, me supera. Una situación a la que me tengo que hacer y que me está llevando mucho más tiempo del que me gustaría. Y eso me está condicionando en diferentes ámbitos de mi vida. Este es uno de ellos.

Soy una persona de “pensamiento ambulatorio”, como lo define Guillermo Martínez. Pienso mientras camino o camino mientras pienso, en realidad escribo mientras camino. Pero en estos días, en estas semanas, en estos meses... cuando camino, me descubro recitando como en una letanía, un extraño mantra que mezcla de manera absurda los poemas de Gabriel Celaya y Blas de Otero: “Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, / mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, / fieramente existiendo, ciegamente afirmado, / como un pulso que golpea las tinieblas, / Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré, como un anillo, al agua, / si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra.”

Me siento “como un pulso que golpea las tinieblas” e intentando creer que “me queda la palabra”. Pero no es del todo cierto. Las tinieblas esconden las palabras. Hace tiempo que no las encuentro o que para ser más exacto he perdido la fuerza para intentar encontrarlas. Las busco, ciertamente, pero las puñeteras están bien escondidas.

Tal vez sea cómico, tal vez sea trágico. Lo que resulta innegable es que es paradójico: se supone que escribir es de las cosas que mejor se hacer. Y por favor no se admiten comentarios acerca de que si esto es lo mejor cómo deben ser las otras cosas. En el trabajo tiro del piloto automático y sobrevivo, pero aquí no, aquí no puedo hacerlo. Aquí es verdad. Aquí es de verdad.

Desde el verano llevo prácticamente tirando de “nevera”, pero las provisiones se acaban. He ido espaciando las entradas y racaneando en los comentarios de las páginas amigas, pero nunca en su lectura. Me cuesta saber que decir, porque los comentario también son verdad. Pido disculpas por ello, se lo que representan los comentarios se la ilusión que hacen y lo mucho que aportan (al menos a mi y quiero creer que a todos). Intentaré solucionarlo. Pero tal vez durante algún tiempo tenga que seguir “golpeando las tinieblas”.

Un beso muy grande a mis amigos, a mis amigas. A aquellos que tienen nombre y apellido conocido y también a aquellos que para mi su nombre empieza con www. No me rindo, más pronto que tarde volveré a encontrar las palabras.

lunes 8 de octubre de 2007

Entre locos y cuerdos


El día 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS), tiene como objeto cambiar nuestra forma de ver a las personas que padecen enfermedades mentales.

Hace algunos años y para celebrar este día, el Ayuntamiento de Barcelona decidió organizar una fiesta en una de las plazas del barrio de Gràcia. Además de los consabidos discursos oficiales, había un aperitivo popular, música y baile.

Se congregaron numerosos vecinos del barrio y además una nutrida representación de enfermos ingresados en diferentes centros de salud mental y que, con motivo de la fiesta, disfrutaban de una jornada de libertad.

Lo mejor de la fiesta consistió en el permanente cruce de miradas que nos obsequiamos todos los asistentes. Allá, entremezclados e indistintos, no había absolutamente nada que nos diferenciara a unos de otros. Todas las miradas planteaban un único interrogante, “¿será uno de los locos?” No había respuesta posible. Aquel día aprendí que, vistos de cerca, no hay nada que nos separe a los cuerdos de los locos. Y que, como dice Goethe, “la locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma”.