“Tenía que escoger entre la escritura o la vida, había escogido ésta. Había escogido una prolongada cura de afasia, de amnesia deliberada, para sobrevivir. Y en esta tarea de retorno a la vida, de luto de la escritura, me había alejado de Claude-Edmonde Magny, es comprensible. Su Lettre sur le pouvoir d’écrire, que me acompañaba a todas partes desde 1947, incluso en mis viajes clandestinos, era el único vínculo, enigmático, frágil, con aquel ser que me hubiera gustado ser, un escritor. Conmigo mismo, en suma, con la parte de mí más auténtica, aunque frustrada.”
Jorge Semprún
La escritura o la vida
lunes, 2 de julio de 2007
Escribiendo lo ya escrito

"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que, al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa se encontró en su cama transformado en un horrible insecto. En otro lugar de la Mancha, Samsa escuchó asombrado las palabras de Lady Chatterley: “Espérame en tu casa del bosque. Iré con Justine, y llevaré sogas y un látigo, como a ti te gusta.” Mientras tanto, el coronel Buendía hacia morisquetas a los integrantes del pelotón de fusilamiento. Una mañana, al despertar de un sueño agitado, un horrible insecto se encontró en su cueva transformado en Gregorio Samsa. Le dio muchísimo asco."
No existe tragedia mayor que la de aquel que, habiendo tenido una idea, descubre con horror que alguien, alguna vez la tuvo antes. Bueno, ciertamente existen tragedias mayores, pero escrito de otra manera no hubiera quedado tan bonito. Ante la constatación de semejante realidad solamente existen dos opciones, llorar de impotencia o echarse el mundo por montera y persistir en el invento, a despecho del trabajo ya existente.
El texto que encabeza esta entrada pertenece a la novela Copyright de Jorge Maronna y Luis María Pescetti en la que se narran las aventuras de Lucas Modím de Bastos que, con el objeto de conquistar a su amada –una loca de la literatura-, decide escribir un libro y, sobreponiéndose a su innata incapacidad para la literatura, recurre a la colaboración involuntaria de Cervantes, Kafka, García Márquez, el Marqués de Sade, Dumas y Proust, entre otros, para escribir una obra que le llenará de galardones y le llevará a alcanzar en Nobel de Literatura.
No es la única historia de ficción que recurre al tema. Recuerdo con especial cariño y eterna admiración a Pierre Menard, autor del Quijote, de Jorge Luis Borges. “No quería componer otro Quijote –lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes.” El otro relato que recordaba pertenece al artificio de la memoria. Me rondaba por la cabeza la historia del escritor que decide hacer la obra que le hará inmortal y que se encierra durante años con el único fin de escribirla. Al finalizar se presenta a su editor y le lleva el original, una obra que empieza “En un lugar de la Mancha...” y que es palabra por palabra la novela de Cervantes, no es una copia, trágicamente es fruto exclusivo de su imaginación. Estaba convencido que el relato era de Giovanni Papini, pero he sido incapaz de encontrarlo, con toda seguridad es tan solo un engaño de mi memoria. Me he dado cuenta que últimamente recurro mucho a Papini, es curioso observar como algo leído hace miles de años -de todo hace ya miles de años- se me hace tan presente ahora.
Borges y Papini, curiosa combinación. El argentino siempre sintió una respetuosa admiración por el italiano: "Si alguien en este siglo es equiparable al egipcio Proteo, ese alguien es Giovanni Papini, que alguna vez firmara Gian Falco, historiador de la literatura y poeta, pragmatista y romántico, ateo y después teólogo". Borges reconoció su influencia –y la intertextualidad- presente en alguna de sus obras: “yo tendría diez años cuando leí, en una mala traducción española, Lo trágico cotidiano y El piloto ciego. Otras lecturas los borraron. Sin sospecharlo, obré del modo más sagaz. El olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria. Hacia 1969, compuse en Cambridge la historia fantástica "El otro". Atónito y agradecido, compruebo ahora que esa historia repite el argumento de "Dos imágenes en un estanque", fábula que incluye este libro.” Borges incluyó a Papini en su Biblioteca Personal y en un guiño -absolutamente borgiano- de la realidad Daniel Omar Azetti ganó el premio La Nación de 1997 con el cuento La ilusión que es una transcripción literal de Un espejo que huye de Papini.
La realidad siempre por delante de la ficción. Un palabrejo como intertextualidad se nos ha hecho familiar y la crónica del plagio forma parte ya de las páginas de cultura de la prensa. Quien quiera pasar un buen rato que no deje de visitar El Plagio Literario, “un portal dedicado a indagar sobre las relaciones entre la propiedad intelectual y la producción artística, particularmente en la literatura hispánica.” La sorpresa y la diversión están garantizadas.
jueves, 28 de septiembre de 2006
Las prisiones también están hechas de sueños
Andaba sopesando la posibilidad de cerrar definitivamente el blog dado el poco tiempo que tengo para atenderlo a él y a aquellas personas que me ofrecen su compañía, cuando decidí empezar a guardar todos los textos que a lo largo de este poco más de un año he ido sacando a la luz en esta página. Guardarlos y, por supuesto, releerlos.
Y al hacerlo me di cuenta de algo que, por tan obvio, me había pasado desapercibido. En numerosas ocasiones, muchas más de las que hubiera creído, había escrito para una única persona. Alguien para quien, en realidad, llevo escribiendo desde hace muchos años. Alguien que solo está presente aquí en función de esos escritos, no está en ningún comentario, en ninguna reacción. Solamente en los escritos.
Hace mucho tiempo me enseñaron que lo primero que uno debía plantearse, cuando se disponía a escribir, era para quien lo escribía. Y en función de ese supuesto público actuar en consecuencia, modulando el lenguaje, priorizando las ideas, definiendo el estilo y otras tretas parecidas.
Es una buena idea que, normalmente, te garantiza que aquello que quieres explicar será bien entendido. El problema es que muy a menudo tiendo a olvidarla. Quiero creer que escribo para compartir con muchas personas y, en realidad lo hago para una única persona. Alguien que está aquí y que se ha ido configurando en función de mis sueños.
En su último libro, Autobiografias ajenas: poeticas a posteriori, se interroga Tabucchi acerca de que material están hechos los sueños, "¿de lo vivido?, ¿de lo deseado?" y en el planteamiento de su pregunta da con la respuesta. La bitácora es en si un sueño. Refleja lo vivido, refleja lo deseado.
En un año me han sucedido muchas cosas. Cambio de trabajo, muerte de seres queridos, viajes… de todo ello dan cuenta estas páginas. También dan cuenta de los deseos, que afloran impacientes por encima de las palabras. Ciertamente nuestros hechos nos definen, pero mucho más nuestros deseos. Somos deudores de nuestros actos, pero rehenes de nuestros deseos. Ellos dan un perfil de nosotros mucho más auténtico, más cierto, porque se escapan a nuestro control y viven su propia vida.
Las palabras pueden hacer reír, soñar, llorar. Pueden emocionar o indignar. En estas páginas hay cientos de palabras, pero también hay silencios. Y, hay veces, que los silencios taladran el alma.
Diderot decía "la cantidad de palabras es limitada, los acentos infinitos". Con limitadas palabras, demasiadas veces he puesto el acento justo en lo que no debía. Me gustaría ser dueño de mi vida, pero vivo preso de mis anhelos.
martes, 28 de marzo de 2006
Escribir de nuevo
Mi primera intención era pediros a todos disculpas por esta prolongada e inexplicada ausencia, pero después de leer a Gustavo Muñoz , me inclino por pedir perdón. Es, ciertamente un perdón extraño, no creo haber ofendido a nadie, pero estoy seguro que silencio también hiere.
Siempre he sentido una cierta envidia por aquellas personas que tienen facilidad para escribir. No me refiero a escribir bien o mal, que en definitiva eso es tan solo una opinión subjetiva, sino a quienes se plantan ante un teclado o un folio y son capaces de hilvanar líneas y más líneas a una gran velocidad, presos de un automatismo febril. Yo no puedo.
Aunque pueda parecer increíble, y de hecho acepto que lo es, siempre me he ganado la vida escribiendo. De todo. Desde relatos pornográficos a discursos políticos –que nadie se queje que he puesto fácil la analogía-, de entrevistas o reportajes a informes o estudios. Cualquier cosa. Todo ha valido. Y en todo lo que he hecho se ha ido quedando una parte de mi, hasta quedarme vacío.
Cuando escribo algo tengo que saber primero que es lo que quiero decir y también la manera como quiero decirlo. Después las palabras surgen solas. Pero cada una de ellas duele. Y al final, cuando he acabado, se apodera de mi una cierta sensación de desamparo y un gran vacío.
En esta ocasión, el vacío ha costado mucho de llenar. Me resultaba imposible escribir alguna cosa. Y tampoco me era fácil leer. Necesitaba distancia. Ocuparme de otras cosas para olvidarme de mi. Pasó, y aquí estoy de nuevo.
Por dedicarme a lo que me dedico reconozco el valor de las palabras. Y en mi corazón se han ido almacenando muchas y muy valiosas. Las vuestras. Se han ido juntado, encadenando. Formando una preciosa argamasa que me ha devuelto la necesidad de decir algo. De proclamar un inmenso agradecimiento. De gritar simplemente ¡Os quiero!.
Alguien, alguna vez escribió que mis palabras nacían de mojar la pluma en la sangre. Aunque fuera de contexto pueda parecer otra cosa, en realidad era un elogio. Quería decir que escribo con los sentimientos. Y es así. Y aunque me gusta pasar por el tamiz de la razón los sentimientos, todo siempre lo he escrito con el corazón. El mismo que para siempre permanecerá abierto a todos vosotros.
Gracias.
martes, 24 de mayo de 2005
El oficio de escribir
¿Existe algo más hermoso que ganarse la vida escribiendo? Disponer de una habilidad y conseguir transitar por la vida cabalgando sobre ella.
Comunicar es una necesidad humana elemental. Es algo inherente a nuestra propia condición. Necesitamos hacer partícipes a los demás de nuestras ideas, sentimientos, emociones, vivencias....
¿Por qué? Tal vez la explicación más honesta corresponda a Bioy Casares, "yo escribí para que me quisieran: en parte para sobornar, y, también en parte para ser víctima de un modo interesante. Para levantar un monumento a mi dolor y convertirlo, por medio de la escritura, en un reclamo persuasivo."
He aquí una de las claves fundamentales: necesitamos que nos quieran. Y la escritura se convierte en el instrumento para conseguir ese cariño. Pero no siempre es así.
No siempre escribir es oficio de escritor. Mucha gente se gana la vida escribiendo a espaldas del reconocimiento, el aplauso o la fama. Y a esa gente es a la que hoy quiero recordar. Personas como Diana Kraitzman, que se pone en la piel de otro y consigue convertir en propias emociones que le son ajenas. Que hermosa manera de ganarse la vida escribiendo cartas de amor. O el humilde copy de una agencia de publicidad. Cuanto talento oculto descubrimos en las pequeñas líneas de tantos anuncios. Y, finalmente, acordémonos del negro. El negro en la política, escribiendo discursos, contestando entrevistas, preparando artículos... En la literatura, -recuerdas Ana Rosa-. Nada sería igual en la política, el cine, la literatura... sin el denostado negro. Ese negro tan bien dibujado por Animalario en la obra sobre la boda de la hija de Aznar titulada Alejandro y Ana.
lunes, 16 de octubre de 2000
Oficio de escribir
“Tenía que escoger entre la escritura o la vida, había escogido ésta. Había escogido una prolongada cura de afasia, de amnesia deliberada, para sobrevivir. Y en esta tarea de retorno a la vida, de luto de la escritura, me había alejado de Claude-Edmonde Magny, es comprensible. Su Lettre sur le pouvoir d’écrire, que me acompañaba a todas partes desde 1947, incluso en mis viajes clandestinos, era el único vínculo, enigmático, frágil, con aquel ser que me hubiera gustado ser, un escritor. Conmigo mismo, en suma, con la parte de mí más auténtica, aunque frustrada.”
Jorge Semprún
La escritura o la vida








