domingo, 28 de enero de 2007

Mujeres y medicina: “¡No quiero doctores con faldas!”

Si Cervantes hubiera sido mujer, el Quijote no se hubiera publicado. Se hubiera escrito, sí, pero no se habría publicado. ¿Alguien puede asegurar que no hubo ninguna mujer que supo que la Tierra giraba alrededor del sol cien o doscientos años antes que Galileo? ¿O que la música que atribuimos a los grandes maestros no fue en realidad escrita por alguna de sus sufridas esposas? La historia de la Humanidad la hemos escrito los hombres pero eso no es sinónimo de haberla hecho.

En 1878, la revista El Siglo Médico publicaba, “hace algún tiempo viene discutiéndose si la mujer servirá o no para ejercer la Medicina. Poco podré decir sobre este asunto, pero desearía que las jóvenes muchachas o jamonas, que se dedican a tan noble y difícil profesión se hicieran cargo de si su pudor les consentiría continuar los estudios y luego llevar a cabo su cometido. Mucho trabajo costaría a las alumnas de medicina familiarizarse con los cadáveres en las salas de disección, y luego ir a sus casas a cumplir sus labores con los rebordes de las uñas teñidos de sangre y algunos miasmas en las narices. Así pues les aconsejo que no dejen la aguja de la mano y sus múltiples labores, que no les faltarán camisas que planchar y remendar o hijos a los que prodigar sus cariñosos cuidados, y la que no se conforme con esto puede coger el estropajo e irse a fregar, porque la mujer nunca servirá para ejercer la medicina, y mucho menos la cirugía.”

Cuatro años antes, en 1874, acompañada por dos agentes de la policía, entraba en la Facultad de Medicina de Barcelona, Dolors Aleu i Riera. Fue la primera médica de España y ejerció durante 25 años en su consulta privada en Barcelona. Su caso fue una excepción pues no fue hasta 1910 que se reguló el acceso libre para las mujeres a la Universidad española.

Fue la primera mujer en ejercer la medicina en España, pero no fue la primera en cursar sus estudios, dos años antes, María Elena Maseras Ribera fue la primera en matricularse en la carrera de Medicina, en la Universidad de Barcelona. Nunca pudo ejercer, renunció a examinarse de la única asignatura que tenía pendiente para finalizar los estudios de doctorado, por la presión a que se vio sometida por parte del profesor, Doctor Tomás Santero quien hizo celebre la frase, “¡No quiero doctores con faldas!”

El redactor del artículo de El Siglo Médico no era un excéntrico energúmeno, su punto de vista era compartido por la inmensa mayoría de varones y mujeres de la época. Decía “la mujer nunca servirá para ejercer la medicina, y mucho menos la cirugía” pero lo cierto es que en la Barcelona medieval, como en muchas otras ciudades europeas, la práctica de la medicina estaba en manos de mujeres. Mujeres de la ciudad o de otros lugares del reino que acudían a la corte para tratar a los notables. Médicas judías como Francesca Bonanada, de Berga, Ceti de Valencia; Floreta Çanonga de Santa Coloma de Queralt, Bellaire, Perla y Dolcich, de Lérida.

El redactor de El Siglo Médico, revista editada en Barcelona y publicación de referencia para toda la clase médica de la época, no sabía o no quería saber, que en el siglo XI, la médica de Salerno, Trótula publicó De passionibus mulierem (sobre las enfermedades de las mujeres), el primer tratado de ginecología. Un estudio tan exhaustivo que fue utilizado durante centenares de años y traducido a diferentes lenguas. Que la abadesa Hildegarda de Bingen publicó también en el siglo XI Liber simplicis medicinae y el Liber compositae medicinae. No es casualidad ni puede extrañarnos que en el siglo XVI, cuando se imprimió por primera vez el tratado de Trótula fuera adjudicado a un varón.

Son solamente pinceladas, la aportación de las mujeres a la ciencia médica en la antigüedad y en la edad media está hoy suficientemente conocida y documentada, desgraciadamente y con la colaboración inestimable de la Iglesia (tanto católica como protestante), fueron paulatinamente apartadas del ejercicio de la medicina.

Actualmente, la presencia de la mujer en los estudios universitarios del área de Ciencias de la Salud alcanza en España el 72,1% del total del alumnado. Hace pocos días, el sábado 20 de enero, tuvo lugar en toda España el examen MIR para acceder a las plazas de médico interno residente en la sanidad pública española, de los 19.831 titulados que se presentaron, el 74,6% fueron mujeres frente al 25,4% de hombres.

Mujeres como Dolors Aleu y María Elena Maseras lo ha hecho posible.

PS. El doctor Santero ("¡No quiero doctores con faldas!") tiene una calle dedicada en Madrid, en el distrito de Tetuan.

PS2. Volvió Cris y su Diario de una Cincuentona. Hoy el día ha amanecido más bonito.

domingo, 14 de enero de 2007

Treinta fantasmas y un suspiro

Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick escriben en el prólogo de 2001: una Odisea del Espacio, “Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra.” El cálculo es tan bueno como cualquier otro. En todo caso, la cifra es apabullante.

Cien mil millones de personas, cien mil millones de sueños, historias, tragedias y anhelos. Y ¿de cuantas de ellas tenemos consciencia?, de muy poquitas, seguro. Dicen que nadie muere del todo mientras está vivo su recuerdo, pero muy pocos recuerdos permanecen. Ni tan siquiera los de aquellos que se esfuerzan en dejar huella. Nuestras ciudades se pueblan de estatuas en recuerdo de personas que no significan nada para nadie. Los nombres de nuestras calles nos remiten a personas que significaron algo en algún momento pero que hoy tan solo son direcciones de correo. Y esos son los supuestamente más afortunados.

Están también los que se esforzaron en algo tan relativo como “pasar a la posteridad” y hoy residen en el más absoluto olvido. Cuantos políticos, escritores, científicos... que fueron importantes en siglos anteriores y de los que hoy no hay la más mínima memoria. La inmortalidad no se compra, pero hay quien se esfuerza. Ricos que legan sus fortunas a fundaciones para que perpetúen su recuerdo y se engañan creyendo que dentro de algunos años su nombre será algo más que una mera referencia postal.

He conocido gente obsesionada por el contenido de las supuestas seis líneas que les dedicará la Enciclopedia una vez que mueran. Nunca he entendido ese afán por ser fantasmas antes de tiempo.

Fantasmas, a cada uno de nosotros le corresponden treinta. Yo tengo el mío particular, una persona que ya solo vive en mi recuerdo. Soy la única persona viva que conserva referencia de él. Cuando yo muera, él desaparecerá conmigo. Su memoria, como la de la mayoría de nosotros no permanecerá más allá de un centenar y pico de años. En realidad un suspiro para los 4600 millones de años de nuestro planeta. Y siendo como es nuestro paso por la Tierra un mero suspiro ¿cómo es posible que haya quien se empeñe en hacerlo tan dificil?