viernes, 25 de mayo de 2007

Barcelona y el software libre


Hay temas que prefiero no comentar. Que me resisto muy mucho a comentar. Unos pertenecen a aspectos íntimos de mi vida, otros, simplemente creo que hay quien lo hace mejor. Lo relacionado con la tecnología y la informática en general es uno de ellos. Pero hace tiempo que me muerdo la lengua con un tema y ya tengo ganar de sacarlo.

En cuestiones de informatica soy un usuario bastante normalito. Utilizo mi ordenador para escribir, navegar, gestionar mis fotos, mi música y lo que normalmente hace la mayoría de la gente. Ciertamente mi relación con la informática empezó hace muchos años, cuando dejaba a la familia sin televisor para poder utilizar mi añorado Spectrum. Desde entonces siempre he tenido a mano alguno de estos cachivaches. Del Spectrum pasé a ordenadores con DOS y después he utilizado todas las versiones de Windows, desde la 3.11 hasta la XP.

Hace tiempo me cansé de paranoias de seguridad, de cuelgues, me cansé de piratear programas... y decidí pasarme al software libre. Uso la distribución de Linux, Ubuntu y me siento plenamente satisfecho. Me permite hacer todo lo que hacía y he dejado atrás todas aquellas cosas que me molestaban de Windows. No soy ningún profeta. Me parece muy bien que cada cual utilice lo que le parezca mejor y que haga de su tiempo y dinero lo que le venga en gana.

Pero una cosa es la opción personal y otra muy distinta lo que hace la Administración con nuestro dinero. Me escandaliza lo que están pagando nuestras administraciones en concepto de licencias a una empresa privada cuando hay alternativas mucho más baratas e igual de satisfactorias. ¿Qué pensaríamos si nuestro ayuntamiento estuviera comprando centenares de autobuses a una determinada empresa cuando podría obtener los mismos a un 10% del precio total? Hablaríamos de corrupción, de estafa, pediríamos dimisiones y saldría en la portada de todos los diarios. Pues bien, esto es lo que está pasando en la mayoría de nuestros ayuntamientos y nadie dice nada. Se pagan centenares de millones en concepto de licencias a una única empresa y se obvia la alternativa del software libre.

En esta campaña electoral nuestros candidatos se han llenado la boca con la palabra talismán: Internet. La mayoría han prometido acceso wifi gratuito en nuestras ciudades, algunos hasta incluso se han paseado por Second Life, pero no he oído a nadie hablar de software libre.

Periódicamente el ayuntamiento de mi ciudad, Barcelona, se descuelga con el anuncio de migración a software libre. La última vez lo anunció en el 2004 el concejal de Ciudad del Conocimiento, Jaume Oliveras: "se trata de hacer esta migración de forma progresiva, para evitar cambios traumáticos y futuros problemas". Continuaba el concejal explicando que, “actualmente el sistema operativo que usa el Ayuntamiento es una versión antigua de Windows, Windows NT, al pensar en actualizarlo, en lugar de pasar a XP como ha hecho la Diputación, nos hemos planteado esta vía alternativa", afirmaron las mismas fuentes. La realidad es muy distinta, durante 2006 se ha completado la migración de los más de 8.000 ordenadores del ayuntamiento a XP. Y el pago de licencias a una empresa privada continua.

El cambio a software libre lo han hecho diferentes administraciones locales, desde el Ayuntamiento de Zaragoza, hasta el de Munich. Parlamentos, como el francés, sí hasta la bolsa de Nueva York se ha pasado al software libre. Pero aquí no, aquí continuamos pagando licencias. ¿hasta cuando?

PS. Después de escribir mi diatriba personal, leo en VilaWeb que “el Ayuntamiento de Barcelona pagará 524.000 euros en concepto de licencias de Microsoft Office”. Y que la razón que esgrime el Instituto Municipal de Informática para no utilizar Open Office es que “se han producido seis millones de documentos con programario Microsoft lo que significa que si hubiera tan solo un 2% de errores al abrirlo con Open Office, los trabajadores tendrían que dedicar demasiadas horas a enmendarlos”. Fantástico, el 99% de los documentos producidos son terminales y nunca, nunca, se vuelven a abrir una vez realizados. Pero no importa al político que toma la decisión es fácil engañarlo, en cuestiones de informática se tragan todo lo que les dicen. Me da pena que sean los propios técnicos de informática, que tendrían que, por definición, ser el sector más innovador de la administración los que se hayan vuelto los más conservadores. Hoy estoy que muerdo.

lunes, 21 de mayo de 2007

La campaña electoral y 3: los asesores


“No tiene sentido contratar a personas inteligentes y después decirles lo que tienen que hacer. Nosotros contratamos a personas inteligentes para que nos digan qué tenemos que hacer.” Cuando pienso en asesores, me viene a la cabeza esta cita de Steve Jobs, el fundador de Apple, y que hace unos días recogía Microsiervos.

Una campaña electoral se puede plantear sin tener ningún programa, sin dinero, sin voluntarios, sin muchas cosas de las que creemos necesarias. Solamente hay dos imprescindibles, el candidato y los asesores.

Asesores los hay de muchas clases. En primer lugar está el amigo americano. No sirve de gran cosa, pero viste mucho. Básicamente responden a dos tipologías, el senior semiretirado que todavía realiza algunos trabajos de frelance y que se acostumbra a pasear con permanente cara de mala leche y como pensando que hago yo aquí con estos inútiles-ignorantes, con lo bien que estaría tomando el sol en Florida, y el junior, enviado por alguna empresa acreditada para que se foguee en las fronteras del imperio, y que parece el típico vendedor de coches de segunda mano de Arkansas o un misionero Mormón. No hacen nada, no sirven de nada, pero hay candidatos a los que les gusta pasearlos para darse importancia y que los demás vean que cosmopolitas son y que bien preparan sus campañas.

Están los asesores para temas específicos. A mi me encantan los asesores para debates televisivos. Normalmente son viejas glorias del medio o profesores cerca del final de su carrera. No me resisto a transcribir alguna de las recomendaciones (verídicas) remitidas a un importante candidato en estas elecciones: Sonreir. No hace falta estar de acuerdo con todo lo que diga el enemigo. Las frases se componen de sujeto, verbo y predicado. No apoyarse en al atril. No cruzar los pies. Mostrar interés (o que lo parezca). La corbata arriba. Los puños que salgan de la americana, pero poco y la americana abrochada. Cobran y bien, y los siguen contratado.

Los asesores que más peligro tienen son, a mi parecer, los presidentes de agencias publicitarias contratadas para la campaña. Un publicitario es, por definición, un magistral vendedor y ahí radica su peligro. Son capaces de hacer comprar al candidato la idea más estrafalaria y hacerla pasar por genial. Hubo un tiempo en que fueron geniales, pero ahora que ocupan el máximo cargo al que pueden aspirar en su carrera, que coleccionan premios internacionales y que disponen de una más que saludable cuenta corriente se creen ya por encima de la historia. Hace tiempo que viven de las ideas de sus equipos y los hacen temblar cada vez que se despiertan con una propia. Conocí a uno que logro convencer a un candidato que el eje central de su campaña tenía que ser “yo te prometo que...” y lo hizo en una época que la palabra prometer estaba ya terriblemente desprestigiada, pero lo logró con un argumento incuestionable, los otros no pueden utilizar esta frase porque no tienen credibilidad, pero tu si la tienes y tu puedes hacerlo. Afortunadamente para el candidato, su propio partido se negó a utilizar la frase como eslogan electoral. Hay algún libro impagable aparecido poco después de las elecciones que hicieron presidente a Zapatero que, escrito en primera persona, relata como el presidente de la agencia prácticamente descubrió al candidato y casi pegó los carteles que le hicieron presidente. Todo lo que sucedió en aquella campaña fue idea suya.

Finalmente, y para no cansar, citaremos la última clase de asesores, los del propio partido. En España los llamamos fontaneros, en Italia, que para lo bueno y para lo malo, es un país con una cultura política parecida a la nuestra los llaman portaborse (los que llevan la maleta en una traducción aproximada). Existe una sensacional película de Daniele Luchetti así titulada y que en España se llamó La voz de su amo protagonizada por el impagable Nanni Moretti que relata la imparable ascensión de un modesto profesor de literatura contratado por un ministro para que le escriba los discursos. Con todo yo me quedo con la denominación que le damos en Cataluña, los palanganeros (los que llevan la palangana), personajes imprescindibles en los antiguos burdeles de ayer y hoy en la política. Con todo, el fontanero-palaganero es el que acaba poniendo un poco de sentido común en la locura de una campaña.

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lunes, 14 de mayo de 2007

Campaña electoral: el candidato


Cuenta Bigas Luna que lo más parecido a ser Dios es ser director de cine durante un rodaje. Durante unas semanas tu voluntad es una orden incuestionable y el más absurdo de tus caprichos –por imposible que sea- se transforma en realidad. Ser candidato en campaña es lo más parecido a ser director de cine, ergo es lo más parecido a ser Dios.

Pero por muy omnipotente que se sea a todo ser humano le asaltan las dudas y los temores y el candidato no es una excepción. ¿Cuáles son los temores que asaltan a un candidato?

La gente no escucha lo que digo. Cierto, los electores están interesados y preocupados en sus propios temas, en sus propios problemas y además están entretenidos con las diferentes opciones de ocio existentes, la televisión, internet, los espectáculos y el cine... Y a pesar que la política sea un espectáculo no es un espectáculo competitivo. Y, por encima de todo, tienen en sus manos el mayor elemento de elección inventado por el hombre: el mando a distancia. Si apareces en pantalla tan solo tengo que apretar un botón para hacerte desaparecer. Cual es la solución que recomiendan los asesores: la brevedad. Ahora bien, intenta convencer a un político que tiene 10 segundos para decir algo interesante. Son incapaces de hacerlo, no saben.

La gente ve lo que quiere ver y escucha lo que quiere escuchar. ¿Qué significa esto?. Aunque te vean o te escuchen, no van a ver o escuchar necesariamente lo que tú dijiste. La gente solo ve y escucha aquellas cosas que tienen significado para uno. ¿Cómo se soluciona?, gastándose millones en encuestas para saber que es lo que la gente opina y acabar diciéndoles lo que ya saben. De una utilidad apabullante.

No me entienden. Ya sé que el tema es complejo, me esfuerzo en explicarlo, pero no me entienden. El político tiende a proporcionar toneladas de información. Cuando explican que van a construir un parque te dirán lo que cuesta, cuantas hectáreas tendrá, cuáles son los arquitectos que lo han diseñado, que especies de árboles tendrá... Pero se olvidan de lo esencial, explicar que mejora supondrá para tu vida. Eso es lo esencial. Puedes obviar todo lo otro, pero si no se explica eso, el elector no entenderá nada.

La gente se olvida de lo que digo. Y de ahí lo repetitivo en que se convierte el mensaje político. Piensa el político: “Para que lo escuchen por lo menos tres veces, yo tengo que repetirlo cuarenta mil, porque no me están escuchando y, si me escuchan, escucharán y verán lo que quieran ver. Y si me escuchan y ven lo que yo quise, aún así, tendrán problemas de interpretación. Y aunque alguien les ayude a interpretarlo, se olvidarán. Por eso hay que repetir, repetir y repetir el mensaje, que tiene que ser corto y simple.” Tampoco obviemos que las mentiras, cuando se repiten cien veces o un millón de veces, acaban pareciendo verdad.

Continua contando Bigas Luna, que al acabar un rodaje, el director vuelve a la normalidad. Sus deseos los tiene que satisfacer él mismo. Ya no tiene una cohorte repitiéndole continuamente lo genial que es y satisfaciendo sus caprichos. A algunos les cuesta mucho y los estado depresivos acaban rondando.

Al candidato también le han repetido hasta la saciedad que es el mejor. Que lo que explica es fantástico. Que la gente suspira por verle y oírle y que, por supuesto, se va a llevar la elección de calle. Como en Gran Hermano, sólo puede quedar uno. El que gane continuará pensando que es Dios. Los que pierden, siendo tan geniales, tan maravillosos, tan, tan... no pueden entender como han perdido. Empiezan a nacer las teorías de la conspiración.

PS. La idea de esta entrada está extraída de una intervención de Roberto Izurieta en el Seminario Internacional de Dirección de Campañas Electorales organizado por la George Washington University en Madrid el 2002.

El vídeo de la semana. A veces la publicidad política también ofrece pequeñas joyas. Este spot de Savaglio/TBWA para López Murphy es lo que más me ha impresionado últimamente. (A pesar de ser un spot argentino está en inglés con subtítulos porque es la versión de la Agencia para concursos.


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lunes, 7 de mayo de 2007

Se acerca la campaña electoral

Nos viene encima una avalancha. Los medios de comunicación devienen monotemáticos. El paisaje urbano se puebla de carteles, banderolas y vallas con la cara, más o menos agraciada de los candidatos. En fin, un engorro. Para mi, además supone una sobrecarga considerable de trabajo. Menos tiempo para mi y menos tiempo para compartir.

Seguramente, el primer manual de campaña electoral fue escrito en el año 64 ac por Quinto Tulio Cicerón. Su hermano Marco se presentaba a las elecciones para Cónsul en Roma y le dirigió una carta, el Commentatariolum petitionis, en el que le transmitía diferentes consejos para llevar a bien su propósito. Entre otras cosas le recomendaba "procura que toda tu campaña se lleve a cabo con un gran séquito, que sea brillante, espléndida, popular, que se caracterice por su grandeza y dignidad. Y, si de alguna manera fuera posible, que se levanten contra tus rivales los rumores de crímenes, desenfrenos y sobornos, algo que no desentonaría, realmente, con sus costumbres". Poco ha cambiado en los 2.000 años que nos distancian del escrito.

Roma definió las líneas básicas de lo que hoy conocemos por una campaña electoral. Así, la palabra candidato proviene del latín candido (blanco), pues era ese el color de la túnicas con el que los candidatos se vestían para diferenciarse del resto de romanos durante la campaña electoral y que estos los reconociesen y se acercaran para conocer sus opiniones y proyectos. La palabra campaña también proviene del latín, porque la campaña se realizaba en el Campo de Marte, que era donde también se efectuaba la votación.

Ni antes ni ahora, un candidato en campaña va solo. Ahora les llamamos el equipo electoral, los romanos que eran muy listos les llamaban ambitiosi (los ambiciosos) que aunque en su sentido original eran los que rodeaban al candidato e iban junto a él para conseguir el voto, creo que el uso en que ha derivado la palabra no desentona para nada.

Hasta ahora se tenía la impresión que las campañas electorales servían de más bien poco. No existían datos propios y se pensaba que, de acuerdo a los estudios norteamericanos, la campaña en sí -las dos semanas que dura en España- movilizaba a una mínima parte del electorado. Se hacía porque se tenía que hacer. Es como los anuncios de la Coca-Cola, no ayudan a vender un refresco más pero saben que si dejaran de hacer publicidad entonces venderían mucho menos. Pero hace poco el CEO (Centre d'Estudis d'Opinió) de la Generalitat de Catalunya (el equivalente al CIS en Cataluña), realizó un estudio en base a las últimas elecciones autonómicas y descubrió que un número importante de electores decide su voto en la última semana de campaña o incluso el mismo día de las elecciones. Visto con nueva perspectiva, la campaña vuelve a cobrar protagonismo.

El personal de una campaña es muy peculiar, por un lado están los asesores que son como los taxis libres en días de lluvia, sabemos que existen pero nadie ha visto a ninguno. Por otro los candidatos, los que ponen la cara y acostumbran a recibir las bofetadas. Finalmente el público paciente, nosotros. En próximas entregas iremos repasando el papel de cada uno de ellos en esta curiosa función que vamos a vivir los próximos días.

Finalmente, constatar que Cicerón obtuvo el voto unánime de los integrantes de las casi doscientas centúrias que votaban en Roma. Supongo que algo tuvo que ver el manual de su director de campaña.

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