La mala gente

No conozco a nadie que piense de si mismo que es una mala persona. Ni tan solo los asesinos más despiadados, ni los genocidas, ni los torturadores. Todos se consideran buenos padres de familia, temerosos de Dios y prototipo del ciudadano ejemplar. Algunos los hay que incluso se consideran víctimas. De todo hay.
Están los archiconocidos, los que todos tenemos en mente, aquellos que gozaron de un poder absoluto, de una maldad absoluta y que la historia ha colocado en su lugar. Y están también los anónimos, ese tipo que te cruzas por la calle y que esconde su maldad tras una apariencia inofensiva. El maltratador, el pederasta…
Pero hay también otro tipo de mala gente, los inconscientes. Aquellos que con sus actitudes, con sus gestos o actuaciones, siempre hacen daño a alguien. Por acción o por omisión, pero siempre alguien resulta dañado.
Están en todas partes, en la escuela, en la familia, en el trabajo. De estos últimos, Lula ha conseguido crear una impagable galería. Acostumbran a ser personajes movidos por la ambición y por un egoísmo desmesurado. También tienen en común una alta valoración de si mismos. Y viven engañados. Te están planchando en su pisada y viven convencidos que lo hacen por tu bien. Su engaño es su manera de sobrevivir. La única manera de enfrentarse cada mañana al espejo y no bajar la cara.
Mobbing en el trabajo, bulling en la escuela, violencia de genero en la familia, feminicidio… Cada sociedad genera sus monstruos y los peores son los que viven ocultos. “Mala gente que camina y va apestando la tierra...” decía Machado.
También están los otros, la buena gente que decía Brecht, los que “mejoran al que los mira y a quien miran”, los que “viven y transforman el mundo”, los que “cuando se acude a ellos, siempre se les encuentra”, los que “aunque tal como somos no les gustamos, están de acuerdo, sin embargo, con nosotros.”
En la canción de la buena gente, Brecht decía que “a la buena gente se la conoce en que resulta mejor cuando se la conoce”. Que el bosque maldito nunca nos prive de conocer el árbol bueno.
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