jueves, 25 de mayo de 2006

Y si nos arriesgamos


La mayoría de nosotros nos pasamos la vida coleccionado, a partes más o menos iguales, dudas y certezas. Las dudas nos despiertan inquietudes, las certezas también pues, en el fondo, no dejan de ser dudas disfrazadas de certezas. Así, sabemos que vamos a morir, esa es una certeza obvia. Pero no sabemos cuando, ni donde, ni como... esas son las dudas que enmascaran una presunta certeza.

Vivir es, con toda seguridad, el concepto más polisémico que existe. Significa algo distinto para cada uno de nosotros y, así, existen tantas definiciones como seres humanos. Es un concepto que vamos definiendo en el devenir de nuestra propia vida. Leila Pinheiro en una hermosa canción dice que vivir es "afinar un instrumento, de dentro hacia fuera, de fuera hacia adentro, en toda hora y en todo momento…”. No sé si la definición es muy acertada o no, pero la canción es preciosa.

Vivir es básicamente tomar decisiones, y por consiguiente asumir riesgos. En una época tan absurda como la nuestra, donde existe una ocupación para cada presunta necesidad, por supuesto existe la de experto en percepción de riesgos.

En una curiosa película de John Hamburg, que aquí se tituló “Y entonces llegó ella”, Ben Stiller daba vida a uno de ellos. Una persona obsesionada por minimizar el impacto de cualquier decisión a quien hacía entrar en crisis una esplendida Jennifer Aniston que personificaba el polo opuesto. (Si, lo confieso, me gustan las comedias románticas y me gusta Jennifer Aniston, que le vamos a hacer, nadie es perfecto).

Ben Stiller representaba a un personaje, pero Paul Slovic es, en verdad un experto en percepción de riesgos. Me llamó la tención en una entrevista que publicaron en la Vanguardia hará ya cerca de una año y que se puede leer integra en el blog de el gong, cuando afirmaba que "he dedicado mi vida a probar que separar la razón de los sentimientos no es aconsejable y, además, es imposible."

Slovic abunda en la idea que no todo se puede decidir en función de conceptos racionales ni datos estadísticos. Que, aquello que llamamos intuición no solo pesa más en la toma de nuestras decisiones sino que, a menudo, es más certero. Y dado que no podemos actuar en función de un permanente cálculo de probabilidades ¿por qué no dejarnos llevar por nuestro corazón?.

Quién no se arriesga no vive, dicen. La certeza es que nunca te despertarás viéndote en sus ojos. La duda es ¿Qué pasaría si le dijeras que la quieres?


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domingo, 21 de mayo de 2006

Orgullo de padre

En un antiguo anuncio de Nike, se veía la imagen de un deportista que acababa de conseguir una medalla de plata en una competición. El texto que acompañaba la imagen era toda una declaración de intenciones: “el primero de los perdedores”. Una autentica declaración de principios y la más perfecta definición que conozco de una determinada filosofía de vida.

Telémaco, en una reciente entrada en su blog, anuncia que se retira de la competición, que ya no quiere seguir jugando. Que, definitivamente abandona la falsa religión de la competitividad. Lo celebro, por él y por todos los que creemos en otras formas de relación entre los seres humanos. Es importante que cada día seamos más.

Hace unos años, el hecho de compartir apuntes era algo normal entre los estudiantes, hoy se guardan como preciosos tesoros personales. El compañero ha pasado a ser adversario y su fracaso realza nuestro éxito. Llevé a mis hijas a una escuela pública considerada “progresista” y lo hice porque tenía en alta estima los valores en los que educaban, básicamente la solidaridad. Así, cuando un alumno había acabado su tarea, su obligación era ayudar a los compañeros que no podían avanzar tan rápidamente como él.

Otra de las cosas que siempre me admiró fue el hecho de que era normal la presencia en la clase de algún compañero con disminución, la relación que establecían con él les daba una perspectiva mucho más amplia de la vida y resultaba una enseñanza práctica mucho más útil que cualquier discurso que les pudiéramos proporcionar sus padres.

Escuché voces amigas que querían hacerme ver que era un error. Que el mundo que se iban a encontrar fuera de la escuela no era el que ellas habían conocido y que no estarían preparadas para él. Que no sabrían competir.

Y ciertamente no saben competir, saben compartir, y a mí me llena de orgullo.

PS. Como resulta obvio, mi blog ha sufrido un pequeño “lifting”,ya le tocaba. Disculpar los posibles errores que poco a poco iré subsanando.

viernes, 5 de mayo de 2006

Tres historias de antes de la tregua

Hipercor, junio 1987. Dijeron que había pasado algo, pero nadie sabía muy bien el que. Con una cierta urgencia se fueron perfilando los detalles hasta que tuvimos una idea clara de lo que había pasado. Era absurdo, incomprensible. Iban surgiendo los nombres de desconocidos que dolían como si fueran amigos de toda la vida. En principio fueron 17 pero acabaron siendo 21. Había que hacer algo e hicimos lo único que sabíamos hacer, juntarnos a cientos de miles para compartir nuestra rabia, nuestro dolor. Nos habían herido en lo más profundo de nosotros mismos. Me pidieron que escribiera algo para leer ante la gente que marchaba en silencio. Empecé “somos muchos pero faltan 17…”. Lo leyó Nuria Espert. Lloré. Había puesto las palabras pero sabía que me lo habían dictado otros.

Ernest Lluch, noviembre 2000. Lo conocí al poco tiempo de regresar de Valencia dónde además de labrarse un prestigio en la Universidad, fundó la peña barcelonista. Charlamos un buen rato y me pareció un buen tipo. A lo largo de los años coincidimos en diversas ocasiones y aún en su etapa de ministro siempre tenía un momento para interesarse por los demás. Supo abandonar las miserias del día a día de la política y encontrar su lugar en el mundo. Se hizo un hueco bajo el sol para, desde su bonhomía, aproximarse a una cierta idea de felicidad. Nos lo quitaron una noche de noviembre. Escuché la noticia en la radio, lloré y tuve la sensación que el mundo se nos caía encima.

Miren, marzo 2002. La conocí en Madrid. Era muy joven y muy bonita. Desbordaba actividad. Desde hacía tres años no podía moverse a ningún sitio sin llevar pegado a un desconocido con pistola. Era concejal en un pueblo de Vizcaya, de la margen izquierda. Me dijo que lo que más anhelaba era poder hacer de nuevo una vida normal. Poder entrar a una tienda y comprar ropa interior sin que antes alguien no revisara el probador. Sin que alguien que no había elegido compartiera la intimidad de su vida. Nunca supe que decirle.

martes, 28 de marzo de 2006

Escribir de nuevo

Mi primera intención era pediros a todos disculpas por esta prolongada e inexplicada ausencia, pero después de leer a Gustavo Muñoz , me inclino por pedir perdón. Es, ciertamente un perdón extraño, no creo haber ofendido a nadie, pero estoy seguro que silencio también hiere.

Siempre he sentido una cierta envidia por aquellas personas que tienen facilidad para escribir. No me refiero a escribir bien o mal, que en definitiva eso es tan solo una opinión subjetiva, sino a quienes se plantan ante un teclado o un folio y son capaces de hilvanar líneas y más líneas a una gran velocidad, presos de un automatismo febril. Yo no puedo.

Aunque pueda parecer increíble, y de hecho acepto que lo es, siempre me he ganado la vida escribiendo. De todo. Desde relatos pornográficos a discursos políticos –que nadie se queje que he puesto fácil la analogía-, de entrevistas o reportajes a informes o estudios. Cualquier cosa. Todo ha valido. Y en todo lo que he hecho se ha ido quedando una parte de mi, hasta quedarme vacío.

Cuando escribo algo tengo que saber primero que es lo que quiero decir y también la manera como quiero decirlo. Después las palabras surgen solas. Pero cada una de ellas duele. Y al final, cuando he acabado, se apodera de mi una cierta sensación de desamparo y un gran vacío.

En esta ocasión, el vacío ha costado mucho de llenar. Me resultaba imposible escribir alguna cosa. Y tampoco me era fácil leer. Necesitaba distancia. Ocuparme de otras cosas para olvidarme de mi. Pasó, y aquí estoy de nuevo.

Por dedicarme a lo que me dedico reconozco el valor de las palabras. Y en mi corazón se han ido almacenando muchas y muy valiosas. Las vuestras. Se han ido juntado, encadenando. Formando una preciosa argamasa que me ha devuelto la necesidad de decir algo. De proclamar un inmenso agradecimiento. De gritar simplemente ¡Os quiero!.

Alguien, alguna vez escribió que mis palabras nacían de mojar la pluma en la sangre. Aunque fuera de contexto pueda parecer otra cosa, en realidad era un elogio. Quería decir que escribo con los sentimientos. Y es así. Y aunque me gusta pasar por el tamiz de la razón los sentimientos, todo siempre lo he escrito con el corazón. El mismo que para siempre permanecerá abierto a todos vosotros.

Gracias.

lunes, 9 de enero de 2006

Este vacío no se llena

Se acabaron las fiestas, y no fueron especialmente buenas. Tenía muchas cosas pendientes, tenía también planes, tenía tiempo y tenía muchas ganas de disfrutar del frío. Pero la vida tenía otra idea. Una idea perversa. La de llevarse a mi padre. Y cumplió. Dos días después de Navidad.

Durante estos días no me apetecía demasiado escribir y también he dado muchas vueltas a si debía hacerlo. Si era un tema que debería aparecer aquí o no. Soy de una tradición muy pudorosa con el dolor y plasmarlo públicamente, no me parecía lo más adecuado pero, por otra parte, el tema me perseguía. Finalmente, supongo, los fantasmas es mejor exorcizarlos.

Le vi morir. Poco a poco, tranquilamente, sedado y sin sufrir. Cuando la máquina indicó el cero, cuando dejó de respirar, estalló el dolor. Un dolor animal, irracional que se expresa en llanto. Después el dolor remite y lo que realmente queda es una pesada tristeza.

Mi padre se fue, y lo hizo tal y como él quería. Sin símbolos, sin ceremonias, sin ruido. Unas horas para quien quisiera pudiera despedirse y luego directamente al crematorio. Las cenizas, dentro de poco estarán en el mar.

Durante esas horas desfiló mucha gente por el tanatorio. La familia, claro. La que va quedando. La familia es dispersa, y en estos tiempos cuando en mi círculo familiar ya nadie se casa, cuando no hay bautizos ni comuniones, la única ceremonia que queda, aquella en la que periódicamente nos reencontramos primos y más primos, es la de los entierros.

Estaban también aquellos que asistieron por mí. Mis amigos, Mucha más gente de la que hubiera creído. Es realmente importante sentirte querido y acompañado en un momento así. Gracias de todo corazón. Que rápido que circulan las noticias. Hubo montones de sms, llamadas –algunas muy impactantes por la circunstancia del interlocutor- e incluso telegramas. Nuevamente gracias. Esa compañía es realmente importante. Gracias también a las ausencias, porque finalmente te descubren la calidad humana del ausente.

Y finalmente, pero en realidad los más importantes, estaban los que vinieron por él. Sus compañeros de partido –no importa cual, porque para él solamente había uno verdadero-, tanto o más mayores que él. Ese partido donde encontró el ámbito perfecto para hacer lo que más le gustaba en la vida, discutir.

Sus compañeros del fútbol, de tantas tardes de domingo. Eterno socio del Barça, recuerdo cuando, después de un mal resultado, llegaba cariacontecido a casa y soltaba su diatriba preferida “son una pandilla de pepas” proclamaba con aire resignado refiriéndose a los jugadores. Si este año la enfermedad le hubiera dejado, seguro que habría sido feliz, no llegó a tiempo del 0-2 al Español. Lástima.

Y estaba también la gente del barrio. De esa plaza donde durante tantos años tuvo su kiosco de venta de prensa. Él, un obrero fresador que se reconvirtió en kiosquero. Estaba la gente del colmado, los del bar, los de la tocinería, los de la casa de comidas… Todos los que formaban parte de ese pequeño universo que fue su universo durante tantos años.

Era mi padre. Nada le resulto fácil en la vida. Pertenecía a una generación que las pasó muy putas. Todos los sacrificios tenían un único sentido, su hijo. Eso le redimía de los malos momentos. No sabía transmitir el cariño pero yo lo sentí, así como su orgullo. Hoy me descubro en sus gestos, en su manera de mirar, en tantos detalles… y estoy triste y lo echo de menos.