lunes, 2 de julio de 2007

Escribiendo lo ya escrito


"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que, al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa se encontró en su cama transformado en un horrible insecto. En otro lugar de la Mancha, Samsa escuchó asombrado las palabras de Lady Chatterley: “Espérame en tu casa del bosque. Iré con Justine, y llevaré sogas y un látigo, como a ti te gusta.” Mientras tanto, el coronel Buendía hacia morisquetas a los integrantes del pelotón de fusilamiento. Una mañana, al despertar de un sueño agitado, un horrible insecto se encontró en su cueva transformado en Gregorio Samsa. Le dio muchísimo asco."

No existe tragedia mayor que la de aquel que, habiendo tenido una idea, descubre con horror que alguien, alguna vez la tuvo antes. Bueno, ciertamente existen tragedias mayores, pero escrito de otra manera no hubiera quedado tan bonito. Ante la constatación de semejante realidad solamente existen dos opciones, llorar de impotencia o echarse el mundo por montera y persistir en el invento, a despecho del trabajo ya existente.

El texto que encabeza esta entrada pertenece a la novela Copyright de Jorge Maronna y Luis María Pescetti en la que se narran las aventuras de Lucas Modím de Bastos que, con el objeto de conquistar a su amada –una loca de la literatura-, decide escribir un libro y, sobreponiéndose a su innata incapacidad para la literatura, recurre a la colaboración involuntaria de Cervantes, Kafka, García Márquez, el Marqués de Sade, Dumas y Proust, entre otros, para escribir una obra que le llenará de galardones y le llevará a alcanzar en Nobel de Literatura.

No es la única historia de ficción que recurre al tema. Recuerdo con especial cariño y eterna admiración a Pierre Menard, autor del Quijote, de Jorge Luis Borges. “No quería componer otro Quijote –lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes.” El otro relato que recordaba pertenece al artificio de la memoria. Me rondaba por la cabeza la historia del escritor que decide hacer la obra que le hará inmortal y que se encierra durante años con el único fin de escribirla. Al finalizar se presenta a su editor y le lleva el original, una obra que empieza “En un lugar de la Mancha...” y que es palabra por palabra la novela de Cervantes, no es una copia, trágicamente es fruto exclusivo de su imaginación. Estaba convencido que el relato era de Giovanni Papini, pero he sido incapaz de encontrarlo, con toda seguridad es tan solo un engaño de mi memoria. Me he dado cuenta que últimamente recurro mucho a Papini, es curioso observar como algo leído hace miles de años -de todo hace ya miles de años- se me hace tan presente ahora.

Borges y Papini, curiosa combinación. El argentino siempre sintió una respetuosa admiración por el italiano: "Si alguien en este siglo es equiparable al egipcio Proteo, ese alguien es Giovanni Papini, que alguna vez firmara Gian Falco, historiador de la literatura y poeta, pragmatista y romántico, ateo y después teólogo". Borges reconoció su influencia –y la intertextualidad- presente en alguna de sus obras: “yo tendría diez años cuando leí, en una mala traducción española, Lo trágico cotidiano y El piloto ciego. Otras lecturas los borraron. Sin sospecharlo, obré del modo más sagaz. El olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria. Hacia 1969, compuse en Cambridge la historia fantástica "El otro". Atónito y agradecido, compruebo ahora que esa historia repite el argumento de "Dos imágenes en un estanque", fábula que incluye este libro.” Borges incluyó a Papini en su Biblioteca Personal y en un guiño -absolutamente borgiano- de la realidad Daniel Omar Azetti ganó el premio La Nación de 1997 con el cuento La ilusión que es una transcripción literal de Un espejo que huye de Papini.

La realidad siempre por delante de la ficción. Un palabrejo como intertextualidad se nos ha hecho familiar y la crónica del plagio forma parte ya de las páginas de cultura de la prensa. Quien quiera pasar un buen rato que no deje de visitar El Plagio Literario, “un portal dedicado a indagar sobre las relaciones entre la propiedad intelectual y la producción artística, particularmente en la literatura hispánica.” La sorpresa y la diversión están garantizadas.

lunes, 25 de junio de 2007

Existen millones de historias


Las hay que son ciertas, otras inventadas. Algunas son vividas, otras imaginadas. Están las vivas y también las que murieron. Hay historias escritas y también las hay reescritas. Todos tenemos nuestras historias. Algunas las arrastramos a su pesar, como si se negaran a venir con nosotros, a otras permanecemos encadenados en una secreta condena. Existen las historias que nos contaron de pequeños y también las que nos inventamos de mayor. El mundo está lleno de historias. El Universo es en si mismo una historia.

Cualquier libro elegido al azar nos descubre un sinfín de historias. En Cortazar descubrimos la de los Cronopios y los Famas. García Marquez nos guía por Macondo. Borges las escribe en libros de arena. Benedetti las rima y al hacerlo las envuelve en sentimiento. Son escritores, y su oficio consiste en capturar las historias para que presas en las páginas de los libros recuperen su libertad en nuestras emociones.

Hay otras personas que prefieren mecer las historias en una delicada armonía. Son músicos. Son compositores. Son cantantes. Así con Serrat navegamos en un Mediterráneo de atardeceres rojos, con Guerra hicimos cola para conseguir una visa para un sueño, con Ruben Blades descubrimos lo que se oculta tras la esquina de una sonrisa, con Nacha nos dimos cuenta que éramos mucho más que dos y con Hilário descubrimos el lado hermoso de la tristeza. Por no hablar del vestido, las flores y las trampas de Aute. Sus historias se nos colaron delicadamente y muchas veces nos descubrimos explicándolas nosotros también en un canturreo susurrado.

Los pintores las agarran y fijan en una tela. Y en esa tela Picasso es capaz de hacernos vivir el horror del bombardeo más salvaje, con Miró nos adentramos en el milagro de la maternidad y con Guayasamin nos desgarramos en un grito.

Pero existen muchas otras historias. Las que nos explican nuestros hijos con su cándida inocencia o las que nos sugieren en sus increíbles preguntas: ¿Papá que hay detrás de las estrellas?

Los pueblos también tienen las suyas. Los indios de América del norte nos cuentan que un día el puercoespin para defenderse de la acometida de un lobo se colocó unas puas que encontró al pie de un árbol y que desde entonces todos los puercoespines tiene púas. Los hombres azules del desierto hablan del matrimonio de la gallina y el lobo. Los aborígenes de Australia tienen sus hombres invisibles y nosotros nuestros gigantes y nuestros ogros.

Yo también tengo mi historia. Y tú. Y la chica de aquí al lado y el hombre mayor que camina por la calle. Todos tenemos nuestras historias y algunos las vamos compartiendo. Un gesto que hace nacer otras historias.

Papini decía que si un hombre cualquiera supiera escribir su historia sería la mayor obra de arte imaginada. Hoy todos lo estamos intentando. Gracias por compartir la tuya.


Actualización. 26 de junio.

Una noticia en El Periódico me ha hecho recordar una página muy curiosa, Bdebarna. Como dice el diario: “Toda gran ciudad es la suma de millones de historias individuales. Historias estas relacionadas con las esquinas, las plazas y las calles de la urbe e ignoradas por el resto de los vecinos. Barcelona cuenta con una web que pone el foco sobre algunas de estas vivencias, las que sus autores han querido compartir. Bdebarna es un mapa donde las calles de la ciudad aparecen trufadas de puntos. Cada punto es una historia vivida en ese lugar”.

A través de Genbeta, me entero de la existencia de Panraven, “un sistema completamente online que permite a los usuarios la creación de sus propias historias, para lo que podrán contar con familiares y amigos, si así lo desean, permitiéndoles colaborar juntos en la creación de dichas historias, que finalmente podrán compartir con quien lo desee e incluso pedir la impresión del libro.”

viernes, 15 de junio de 2007

Motivos y decisiones


De pequeño lo tenía muy claro, quería ser oficial de la marina mercante. Me veía en largas travesías navegando en un petrolero por el Índico o llegando con mi carguero a Estambul que, en aquel entonces, me parecía el summum del exotismo. Podría decir que la vida fue por otro lado, pero en realidad fui yo quien escogió otro camino.

Decisiones trascendentes acaban teniendo motivos fútiles. Si me paro a pensar, tal vez la razón última de mi decisión estribaba en que la Escuela Náutica estaba al lado de casa y la Universidad a kilómetros de distancia. Preferí la libertad de la distancia que la proximidad a casa de mis padres.

No me arrepiento. No acostumbro a arrepentirme de casi nada. Prefiero pasar página, seguir adelante y no perder un segundo en las cuestiones que ya no tienen remedio. Pero en muchas ocasiones he recordado esa decisión, que definió en gran parte mi vida, para no perderme demasiado en intentar averiguar o entender el sentido de las trascendentes decisiones que toman nuestros grandes líderes mundiales o simplemente nuestros compañeros, amigos o jefes y que, en mayor o menor medida, afectan la vida de las personas. Estoy seguro que, en una gran parte, tienen motivos fútiles.

viernes, 8 de junio de 2007

El paisaje de la memoria

Tengo un amigo que da clases en la Universidad y que este año lo ha dejado. Me comenta que lleva mal el saberse cada curso un año más viejo y tener alumnos que siempre tienen la misma edad. Curiosa paradoja, te sientes el mismo, te sabes el mismo –o incluso mejor-, pero la imagen que refleja los ojos de tus alumnos ha ido cambiando y no lo soportas más.

Nuestra vida acaba convirtiéndose en el reverso del Día de la Marmota. Si en la película que protagonizó Bill Murray, él vivía un profundo cambio cuando a su alrededor todo permanecía igual, nosotros, nos sentimos esencialmente iguales mientras a nuestro alrededor todo cambia aceleradamente.

Hace algún tiempo, leía la carta de una entrañable anciana que expresaba la consternación que le producía vivir en un paisaje, en una ciudad que ya no reconocía como suya. Ya no eran sus calles, sus tiendas... En años, su casa no había cambiado, pero fuera de ella todo era diferente. Es como vivir en una especie de bola de cristal, de esas que tienen nieve y casitas, con los años, la habitación va cambiando, pero dentro de la bolita todo permanece igual.

A su manera y con sus palabras, la ancianita proponía mantener algunos puntos de anclaje en la memoria. En concreto proponía recuperar las preciosas entradas al metro que, de estilo modernista, en su tiempo poblaban las calles de Barcelona y que aún hoy pueden verse en Paris. Me parece una estupenda idea, preciosa, romántica y seguro irrealizable. No habría ningún responsable político que se atreviera a gastar dinero en algo tan bello como inútil.

Más allá de sentirme estrechamente vinculado y identificado en su desasosiego, no supe que contestarle. También a mi me cuesta identificarme con mi ciudad. Lo que para algunos puede ser un regalo, para mí es un robo. Muchas veces siento que me han robado el paisaje de mi infancia.

Ya nunca podré pasearme por el bosque grúas del puerto. Esas grúas que convirtió en poesía Salvat Papasseit y cantó Serrat: “de tant com brilla en el cel / sembla una donzella nua” (de tanto como brilla en el cielo / parece una doncella desnuda). Papasseit uno de los mejores poetas de la literatura catalana, pero que para mí siempre será el poeta del barrio. Ya no podré embarcarme con el padre de algún amigo y, aprovechándonos de su condición de práctico, recorrer el puerto desde el mar. Nunca volveré a oler la madera trabajada en el taller del carpintero de ribera. Nunca podré volver a mirar a las mujeres cosiendo las kilométricas redes perfectamente alineadas en el muelle. Nunca podré ir de la mano de mi madre a asombrarme en la subasta de pescado. Nunca volveré a fantasear con ejércitos invisibles y tesoros fantásticos encerrados en los tinglados. Nunca volveré a oír las sirenas que de seguro anunciaban la llegada del padre de algún amigo y ver su cara de alegría. Ya nunca volveré a hacer el amor en la discreción un barquito de pesca amarrado y cedido por algún amigo sorteando con engaños a su padre.

Yo sigo, pero todo mi paisaje se fue. A veces, para recuperarlo voy a un restaurante del barrio que decora sus paredes con fotografía de esa época. Mi infancia, mi adolescencia, están allí. En esas fotografías ¡Dios, que mayor me hago!

Dice Benedetti, “No seamos sectarios: la infancia es a veces un paraíso perdido. Pero otras veces es un infierno de mierda.” La mía, como la de la mayoría, no fue ni una cosa ni otra, pero tenía un paisaje. Y siento que me lo han robado. Ese paisaje es hoy un fantasma que vive entre restaurantes de diseño, embarcaciones de lujo y centros comerciales.

El vídeo de la semana. Joan Manuel Serrat canta a Papasseit. Res no és mesquí.

viernes, 1 de junio de 2007

En la espera

Decía Giovanni Papini que "todo hombre no vive más que por lo que espera", si es así, creo que estoy viviendo mucho. Demasiadas veces me muevo en la sensación de que la vida discurre entre salas de espera. Al precio de todo aquello que queremos, deseamos, necesitamos o soñamos, le tenemos que añadir el impuesto de la espera.

Casi todos vivimos esperando e incluso algunos nacen y viven en Espera. Ayer, más de una hora en la sala de espera de la consulta del doctor. La semana pasada, dos hora en el aeropuerto esperando un avión. De la sala de espera a la lista de espera. ¡En cuantas ocasiones nuestro futuro depende de un número y un nombre en una lista!

Estoy cansado de esperar. Espero un mañana que no llega. Espero un futuro mejor. Te espero a ti, tantos años hace que te espero. Y mientras llegas sobrevivo en un triste compás de espera. Mis llamadas están en espera. Y mis silencios también. Espero sentado. Espero de pie y a todos les digo que esperen.

Es pero y es también. Y no desespero. Espero en la inmensa curiosidad de saber si el final será una Albada o una Alborada. Y en este compás (de espera) vivo sintiéndome una genuina y auténtica Doña Rosita.